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CRIMEN IMPERFECTO: RESCATE DE MITRE II
Las famosas cartas que le habrían escrito los asesinos de Mitre a Jorge Asís.
Fecha de Publicación: 07/02/2006 | Cultura

A Luis Emilio Mitre lo habrían matado por encargo. Dos asesinos que no pudieron presentar el crimen con la escenografía altiva de un suicidio.
El suicidio, en general, suele resultar socialmente más aceptable que la homosexualidad.
Disponer entonces, en el estricto claustro de la familia, de algún suicida, puede ser dramáticamente honorable.
Meros arrebatos de digna grandeza, entre el esplendor trágico de la decadencia.

La persistencia de un homosexual culposamente asumido, en cambio, en determinadas familias de marca, puede convertirse en una equívoca deshonra. Una mancha indeleble en la caparazón de la hipocresía.

Alarma, sin embargo, que el otrora bullicioso gremialismo homosexual se anexe, también, a la aventura extrañamente asimilable del silencio.


Crimen imperfecto

Según nuestras fuentes, es atinadamente probable que se asista, en el caso Mitre, a un tenebroso crimen por encargo.
De resultar cierta la tesis, podremos concientemente situarnos en el preludio de un indeseable escándalo superior.
No hay que descartar tampoco que probablemente el escándalo sea el objetivo de quienes podrían situarse detrás del tráfico de semejante interpretación.

Trátase, según la teoría que sigilosamente se impone, de un crimen que tenía la obligación de ser perfecto.

La perfección consistía en ataviar profesionalmente al crimen.
Adobarlo, al mejor estilo detallístico de Thomas Da Quincey.
Como si la muerte fuera, en el fondo, como instigaba aquel trascendente talento inglés, un elaborado hecho estético. Digno, por ejemplo, del texto memorablemente canónico:
"Del asesinato como una de las bellas artes".

Sin embargo el horror, en el crimen de Mitre, supera largamente a la dispendiosidad de la literatura.
La estética, abyectamente sanguinaria, consistía aquí en dibujar el crimen. A los efectos de presentarlo con el altivo ceremonial del suicidio.
Del suicidio que no fue. Porque Luis Emilio Mitre decidía aferrarse, como fuera, a la idea activa de la resistencia. Concretamente, a la vida.


Los asesinos

Los asesinos, como en aquel cuento de Ernest Hemingway, fueron dos.
Ellos conocían minuciosamente los rituales íntimos de la víctima.
Sin embargo, los asesinos subestimaron la caudalosamente desesperada intención de vivir del personaje que debían, supuestamente por encargo, matar.
Habrá que revisar, entonces, aquellos posibles datos indicadores de la admirable resistencia, desplegada a pesar de la aparente fragilidad física de Luis Emilio Mitre.

De manera que el suicidio, para feroz desasosiego del refinamiento británico de Da Quincey, debió convertirse, según la especie, en un cinematográfico asesinato encomendado.
De malhechores marginales. Pequeños truhanes alquilados. Duros matones predispuestos que conocían la vulnerabilidad orientacional del asesinado.
Y que fueron indirectamente contratados, según cuentan, por siniestros mandantes transitoriamente misteriosos.


Delivery

Pero no ocurrió, de ningún modo, violentamente lo acordado.
Los asesinos no pudieron cumplir con los detalles dirigidos de la escenografía.
Debieron escenificar la magnitud glacial del suicidio, aunque tuvieron que matarlo, al fin y al cabo, de manera brutal.

Sin embargo, en esta versión, tampoco cumplieron quienes habrían encargado aquel delivery del espanto.
Puede explicarse entonces que los dos criminales se sientan traicionados. Amenazados justamente de muerte, y todo por haber matado.
Incluso, puede explicarse también que estén proclives, los asesinos, a los riesgos anónimos de la clandestina locuacidad electrónica.


Contame tu condena

"Los que matamos a Luis Mitre fuimos dos. Por supuesto que no lo hicimos por placer".
"Además es, por lo menos, muy raro pensar que pudimos haberlo matado por doce medallitas de cobre".
Se refieren, por supuesto, los asesinos, a la bijouterie de las condecoraciones heredadas del padre de la víctima.
"Si teníamos la posibilidad de hacer un desfalco con las dos cajas de

Autor: Jorge Asís
Fuente: www.jorgeasisdigital.com


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