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UN DOCUMENTAL SOBRE EL CORAZÓN. ESCRIBE MARTÍN GRANOVSKY
CAPITALISMO: UNA HISTORIA DE AMOR, EL DOCUMENTAL DEL MEJOR MICHAEL MOORE
Fecha de Publicación: 18/06/2010 | Música, Cine & TV

Desde el estreno de su primera película, Roger & Me, en 1989, Michael Moore se convirtió en un referente indudable dentro del universo cinematográfico, lo que incluso llevó a que se intentara sumarlo a la industria del entretenimiento con la serie televisiva The Awful Truth, 24 desiguales episodios emitidos entre 1999 y 2000. El éxito comercial de Bowling for Columbine (2002), totalmente desusado para los parámetros de un cine que podríamos llamar “documental”, no tardó en granjearle tanto entusiastas como detractores. Mientras que algunos lo consideran un activista decidido, valiente e incluso uno de los pocos representantes del periodismo independiente dentro de los Estados Unidos, capaz de llegar a grandes segmentos de la población, muchos críticos y colegas lo tildan –palabras más, palabras menos– de payaso egocéntrico capaz de distorsionar la verdad sólo para ajustarse a su discurso activista, al tiempo que otro grupo, más sofisticado, lo acusa de ingenuidad ideológica y voluntarismo político.

La incomodidad que supo generar en el público estadounidense con Fahrenheit 9/11 (2004), sobre las consecuencias e implicancias políticas de la célebre serie de atentados, en un momento en que ese público –en su gran mayoría– no estaba muy dispuesto a discutir tales temas, no se vio para nada aliviada por el tratamiento ciertamente hiperbólico y en ocasiones falaz que dio en Sicko (2007) a la problemática del sistema de salud y su relación con las industrias farmacológicas y de seguros. Tal vez esto explique por qué su película siguiente, Captain Mike across America (2007), sobre la creciente conciencia política entre los jóvenes universitarios, no tuvo siquiera estreno comercial en nuestro país.

En efecto, hizo falta la gran crisis del sistema financiero y el negociado de las hipotecas para que Moore volviera a lo mejor de Roger & Me, dejando de lado la preocupación por el impacto que sesgara su producción desde Bowling for Columbine. Sin renunciar al sentido del humor paródico y la protesta del solitario hombrecito enojado que han constituido desde siempre su sello distintivo, Capitalismo: una historia de amor (2009) lo muestra en su mejor faceta, una que obliga a analizar nuevamente el sentido de su cine en la industria contemporánea.

Desde sus primeras imágenes, la película parte de una idea que probablemente irrite a los pensamientos más sutiles: el paralelismo entre el Imperio Romano y la actualidad política de Estados Unidos. Se trata, sin duda, de una visión peregrina que hace flaca justicia a la historia, pero a decir verdad tampoco se la toma demasiado en serio, como lo prueba el empleo del absurdo en el montaje paralelo que propone entre la película pedagógica sobre historia antigua y las imágenes periodísticas de hoy. El sentido de la secuencia, en realidad, no parece ser el de ilustrar una idea (como sí se hará con otras más adelante) sino meramente hacer reír, permitirse un chiste, establecer un lazo de comunicación y complicidad con el espectador.

Este, como tantos otros procedimientos, forma parte del repertorio que le ha valido al director el mote de “manipulador” entre los partidarios de un purismo documentalista según el cual estas imágenes deben dejar ver al espectador “por su propia cuenta” algo que se materializaría ante su mirada en la transparencia misma de la realidad capturada por la cámara (idea que comparten con cierto realismo ampliamente extendido en el ámbito cinematográfico). Créase o no, entre quienes esto sostienen se cuentan también quienes lo acusan de “ingenuo” en su pensamiento político, por pretender (como lo ha hecho siempre) deslindar la democracia, en tanto sistema político, del capitalismo de allí, dicen, el sesgo individualista y liberal de su cine. Una y otra imputación, sin embargo, parten de un error fundamental: suponer que Moore hace cine documental, un cine que sólo pretenda acercar al espectador una visión analítica y como mucho bienintencionada del mundo.

A decir verdad, después de más de 20 años de carrera, el señor merece algo más que el beneficio de la duda. De hecho, su modelo no es siquiera fácilmente transferible a otras realidades, contextos ni propósitos que aquellos para los que fuera ideado. Ocurre que, antes que “documental”, entendiendo por ello una expresión que meramente registra y da cuenta, la producción de Moore se alinea directa y decididamente en el campo del cine político, y quizá sea uno de los pocos continuadores, en la actualidad, del cine de agitación y propaganda tan extendido durante fines de los años ’60 y la década de los ’70, de Francia (con los prestigiosos Cinétracts y el emblemático grupo Dziga Vertov de Godard-Gorin) a la Argentina (con La hora de los hornos, Los traidores y Operación Masacre).

Al igual que en sus célebres predecesores, Moore parte de análisis sesgados y voluntariamente parciales de la realidad para llegar a consignas que provoquen la reacción y la acción política directa del público. Esto resulta palmario en el final de Capitalismo..., donde luego de una de las clásicas intervenciones solitarias de Moore (que rodea algunas de las principales instituciones financieras de Wall Street con la conocida faja de escena del crimen y les grita por megáfono a sus directivos que se entreguen), su voz en off dice directamente a los espectadores, como grupo, que ya está cansado de hacer estas cosas solo y les pide que se le sumen, y que por favor lo hagan rápido. Desde ya, este llamamiento puede parecer tibio o pequeño al lado del fuego purificador de la revolución que se reclamaba en los ’70, pero cabe reconocer también que mientras aquel cine le hablaba a una sociedad donde la insurrección civil y la acción directa eran realidades vivas y palpables, hace ya dos décadas que Moore viene intentando hacer agitación y propaganda con el cine en el lugar menos pensado, en el marco de una sociedad donde la noción misma de desobediencia civil llegó a igualarse en la complicidad con el terrorismo.

Es cierto: su modelo de “cineasta solo contra el mundo” está imbuido de individualismo liberal de la cabeza a los pies, y sus análisis –a veces inmediatos y palpables– evitan las grandes complejidades macroestructurales de los problemas que plantea. Pero antes de tildarlo meramente de ingenuo conviene hacerse una pregunta: ¿era posible otro modelo de cine político en Estados Unidos? Si su intención no era, como suele ocurrir muchas veces, hablarles a los ya convencidos, ni ilustrar sobre las ventajas de otro modelo de vida a quienes tenían en su poder los muy escasos carnets del Partido Socialista estadounidense, sino antes bien sumar, convencer, persuadir a un público probablemente manipulado por otro discurso ideológico... ¿tan ingenuos resultan los procedimientos destinados a generar empatía, complicidad e identificación?

Por otra parte, queda analizar la base de su discurso actual. Durante sus dos horas de duración, Capitalismo... en efecto deslinda la noción de democracia del sistema capitalista, tal como es entendido en la actualidad (como capitalismo financiero) incluso llega a decir que el gran capital funciona como una mafia que ha suplantado al Estado, para ligar entonces la idea de una verdadera democracia a los propósitos del estado de bienestar, tal como fuera entendido y presentado en los discursos de Roosevelt (trabajo, salario digno, vivienda, salud, educación y jubilaciones), permitiéndose incluso señalar, a raíz de la candidatura de Obama y el miedo que los medios intentaron instalar, que los estadounidenses pobres –muchos más que los ricos– ya no parecen tenerle tanto miedo a la palabra “socialismo”, como así también el re-surgimiento del cooperativismo como modelo de producción. Es verdad, no llama a la revolución bolchevique, la destrucción de la propiedad privada de los medios de producción, la reforma agraria, ni la constitución de los soviets pero, a decir verdad, no hay muchas izquierdas, en ningún lugar del mundo, que alienten lejos de la retórica partidaria programas más extremos que éste, y mucho menos en Estados Unidos.

En el medio de este alegato, Moore no vacila en destruir la sólida ligadura entre el discurso cristiano y el capitalismo que se construyera durante la administración Bush, y para eso trae a su película al discurso religioso, con curas de cuerpo presente señalando que otra organización económica es posible y que el capitalismo es moral y cristianamente condenable. Es más: con un obispo dando la eucaristía a los trabajadores en una fábrica tomada. ¿Debemos inferir de ello que Moore es un gordo ingenuote estadounidense y además un chupacirios, traidor de la clase obrera que pretende sumergirla en el opio por antonomasia? ¿O que se trata de un activista que, reconociendo la influencia del discurso religioso sobre aquellas personas a las que trata de convencer, en vez de desestimarlo, recurre a él? Desde ya, su propuesta no queda exenta de los debates éticos que subyacen a la acción política, pero merece mayor análisis que la condescendencia desde el debate de café.

Por Hugo Salas
Fuente: Suplemento Radar del diario Página/12
Más información: www.pagina12.com.ar
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UN DOCUMENTAL SOBRE EL CORAZÓN

Hay escenas graciosas, irónicas, grotescas y tristes, pero las mejores imágenes de Capitalismo: una historia de amor son las que muestran a Michael Moore pisando la realidad. “Pisando” no es una forma de decir. En un tramo del documental se lo ve con su padre. No están en una casa. Caminan por un descampado, los dos con sus gorras de béisbol. Michael alto y gordo. El señor Moore, bajo y flaco, con cierta pena en la mirada cuando señala que en el descampado estaba la fábrica de bujías donde trabajaba. La planta vendía sus autopartes a General Motors, corazón económico de los Estados Unidos en los ‘50 y los ‘60.

Ese parece ser el tema del nuevo documental de Moore: el corazón. En este caso, el corazón desolado por la pérdida de aquellos Estados Unidos del Moore todavía niño. Como dice un desempleado de la General Motors, “antes con un empleo en GM era posible sostener una familia, incluyendo cuatro semanas de vacaciones y una visita a Nueva York verano por medio”. Y además, “mamá no necesitaba trabajar”. Lo hacía si era voluntad suya buscarse un empleo.

A simple vista Capitalismo: una historia de amor parece una crítica al capitalismo. Error. Cero Marx por aquí. No hay una interpretación de la plusvalía. Nada de censurar el derecho de propiedad de, por ejemplo, una gran fábrica. Más bien, Moore añora esos tiempos. Lo suyo tiene un sabor neorrealista, en variante documental. Si hay una crítica, se parece a la de Full Monty, la historia de los metalúrgicos despedidos de Sheffield que se convierten en strippers para sobrevivir. Es una crítica por la pérdida de los viejos buenos tiempos del pleno empleo y la seguridad social, épocas que junto a los mecánicos estadounidenses y los metalúrgicos ingleses bien pudo conocer un ferroviario de Tafí o un obrero de Valentín Alsina.

En el caso de Moore, la historia tiene un aditamento. Se trata de una familia católica con acceso a sacerdotes que no tienen problemas en decir –ahí aparecen, filmados– que el capitalismo es el diablo. Por eso, Moore llega a preguntarse en qué momento de la Biblia (porque él no se enteró) Jesucristo se habrá hecho capitalista. Un punto interesante en la visión histórica es el enfoque sobre la Segunda Guerra. Es clásico decir que la guerra ayudó a los Estados Unidos porque impulsó la fabricación de bienes, en buena parte bélicos, y aceleró la salida de la Gran Depresión de los años ‘30. En la película el énfasis está puesto sobre la posguerra, por la tesis de Moore de que las automotrices avanzaron sin competencia externa: las automotrices alemanas habían colapsado por la guerra y las estadounidenses correrían con ventaja por unos años.

Otra pista más de la crítica de Moore: en la película tanto Alemania como Japón aparecen varias veces. Y en un momento, como modelo. Son presentados como un ejemplo de países en los que “los líderes conservadores, cuando llegan, no destruyen a la clase media” y donde “los trabajadores tienen voz en el comportamiento de los ejecutivos de la empresa”.

Las preferencias políticas de Moore están claras. “Un día los ricos escucharon que se acercaba algo, y por una vez no era otro Martini Seco sino el condenado norteamericano”, se lee cuando aparece Barack Obama en campaña.

Y al mostrar ese Michigan que ama, Moore recuerda cuando Franklin Delano Roosevelt mandó al ejército a reprimir. Pero esa vez, en 1937, no reprimió a los obreros que habían tomado una fábrica. Disparó contra la policía y los matones que golpeaban a las familias de los obreros.

El documental parece estar en línea no con los radicals, la izquierda norteamericana, sino con los liberals, el progresismo que, con Moore, está dotado de una fuerte impronta ligada al mundo del trabajo concreto como fuente de bienestar y de una desigualdad razonable. En sintonía con la opinión del Nobel de Economía Paul Krugman, cambiar esa sociedad por una mucho más desigual fue una decisión política de las clases dirigentes. Ronald Reagan, dos veces presidente desde 1981, fue el gran vendedor del nuevo modelo.

“Reagan encabezó la destrucción industrial para obtener ganancias a corto plazo y para destruir a los gremios”, dice Moore. ¿La clave de los Estados Unidos? Seguramente. La clave del documental, sin duda: el nombre de la compañía productora es, traducido, “El perro que come al perro”.

Es un documental contra la brutalidad despiadada que se hizo muy visible desde comienzos de la década de 1980.

“Ya no existe el término medio, no entiendo –dice un grandote–. Están los que lo tienen todo y los que no tienen nada.” El sheriff entra a una casa luego de hachar la puerta y pegarle al picaporte con un mazo. Un negro es desalojado mientras una señora grita: “¡Ahora hasta les ponen tapias a las casas! Nunca se había visto esto”. El carpintero que pone las tapias dice que solo era su trabajo. El desalojado explica: “Hace 41 años que vivo en esta casa. Es la casa de mis padres”.

Quienes extrañen al Moore que molesta para ser molestado y hace periodismo de esa situación, lo tendrán. El gordo Michael se sube a un camión de caudales y recorre Goldman Sachs y AIG, las primeras firmas quebradas del 2008 tras la bancarrota de Lehman Brothers. Con una bolsa, solo pide que devuelvan el dinero, que él lo llevará al Tesoro porque es de todos los ciudadanos.

Y hay grandes escenas de capitalismo explícito. “El buitre es un oportunista que llega a limpiar un cadáver”, dice un buitre que se dedica a buscar propiedades a precio vil luego de la crisis de las hipotecas–basura. El señor, nada distinto que el abogado de la argentina Caranchos, es ejecutivo de la empresa Condo Vultures. Condo es apócope de condominio. Vultures, traducido, significa buitres.

“Alguien me preguntó cuál era la diferencia entre un buitre y yo”, cuenta el buitre. “Yo no me vomito encima”, sonríe.

“Nada personal”, diría Don Corleone.

Por Martín Granovsky
Fuente: Suplemento Radar
Más información: www.pagina12.com.ar
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POR UN NUEVO ROOSEVELT

A fines del año pasado, Michael Moore presentó Capitalism: A Love Story en el festival de cine documental de Sheffield, Inglaterra, la ciudad de Full Monty de la que habla Granovsky en su nota. Después, contestó preguntas de la gente. Aquí, una selección.

Su película señala el impacto humano de la crisis financiera. ¿Tiene esperanzas en que Obama resuelva estos problemas?

–No se puede esperar que las cosas cambien de un día para el otro y poco más de un año no es tiempo suficiente para arreglar las catástrofes dejadas por la administración Bush (y las anteriores). Pero no creo en el hada madrina ni en Santa Claus y es posible que no pueda arreglar los problemas que dejaron Bush y Cheney.

En Inglaterra parece haber más protección ante colapsos bancarios. ¿Por qué cree que Estados Unidos no tiene esa protección?

–Por algún motivo, los americanos quieren castigar a sus compatriotas si pierden su trabajo o se enferman. Si uno pasa por un mal momento, es entonces cuando, como pueblo, somos expecionalmente crueles con el que está en el piso. La gente en EE.UU. es buena de forma individual, pero de forma colectiva estamos enojados. ¿Por qué queremos castigar a la gente cuando se enferma? Nunca lo entendí.

Quizá sea la misma razón por la que los norteamericanos no saben lo que pasa en el resto del mundo. ¿Por qué no viajan más?

–¿Por qué debería importarnos el resto del mundo? A la gente en mi país no se le dan razones para que le importen. Y es esta actitud la que mata la creatividad y la curiosidad. No queremos saber lo que pasa en Francia, Irlanda, Finlandia, lo que no es sorprendente porque tampoco nos importa lo que nos pasa a nosotros mismos. Yo creo en una bondad básica de la gente, pero los han convertido en estúpidos. Hay 44 millones de analfabetos en los Estados Unidos. Los medios refuerzan esa estupidez e ignorancia, lo que hace más fácil manipular a la gente con el miedo.

¿Qué es el capitalismo?

–Bueno, sólo puedo definirlo tal como existe hoy: de la misma manera que uno no respondería a la pregunta “¿Qué es un matrimonio?” diciendo “Bueno, es algo que pasa cuando el novio visita al padre de la novia para pedir su mano...”. Hoy el capitalismo es un sistema de codicia legalizada, organizado para proteger al uno por ciento de la población que acumula la mayor riqueza.

¿Es “el sueño americano”, la idea de que alguien puede hacerse rico si trabaja lo suficientemente duro, algo bueno?

–Creo que es lo que es: un sueño, no una realidad para la mayoría de la gente. Estos días es más una pesadilla. Antes uno podía trabajar duro y si tu jefe prosperaba, entonces vos también prosperabas. Ahora uno trabaja duro, el jefe prospera, uno se enferma y pierde su trabajo. Pero hay un montón de razones por las que la gente alrededor del mundo quiere a EE.UU. Hay algo acerca de nuestra capacidad de acción, a veces estamos llenos de ideas –algunas no muy buenas, otras fantásticas–. Mi frustración es que tenemos la capacidad para hacer cosas buenas por el mundo, el hecho de que no las hagamos es criminal.

Estaba terminando su película cuando Obama fue elegido presidente. ¿Cómo impactó en el proyecto?

–Bueno, puedo contar cómo nos impactó como equipo: el 4 de noviembre de 2008 fue uno de los días más felices que tuvimos en décadas. No podíamos creer que nuestros compatriotas hubieran hecho esto. Hay mucho racismo, y era increíble que pudieran haberlo superado para elegir al mejor y más inteligente de los candidatos. Cuando Roosevelt fue elegido en los años ’30, de pronto surgió Steinbeck, y todo el arte de la época, las películas, la música, la literatura... Sentimos que estábamos haciendo una de las películas de la nueva era, que estábamos saliendo de la oscuridad tras 30 largos años. Como una iluminación, así se sintió. Me gustaría que el sueño de la segunda Carta de Derechos de Roosevelt (que garantizaba el acceso a un trabajo, a una educación y a la salud) reviviera. Europa tiene estas cosas. Ningún sistema es perfecto, pero en Europa al menos creen que cuando uno se enferma debe poder ir al médico. Obama nos dio la sensación de que podía ser el Roosevelt del siglo XXI. Seguimos teniendo esa esperanza, incluso después de un año complicado.

Más información: www.pagina12.com.ar

Autor: MARTÍN GRANOVSKY
Fuente: Suplemento Radar del diario Página 12


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