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ESCRIBE FERNANDA SÁNDEZ EN EL DIARIO ´CRÍTICA´
LOS SABEDORES DE TODO
Fecha de Publicación: 19/06/2009 | Educación

No sé, niña. Se hizo uno de esos silencios huecos y altos. Y el hombre, el que no sabía, se quedó mirándome desde atrás de unos lentes casi tan grandes como sus cejas. Como todo él. Se llamaba Germán Orduna y enseñaba Literatura Española Medieval. Yo era por entonces “la niña” y él, uno de los profesores más maravillosos que tuve la suerte de conocer. Y si digo “maravilloso” es porque maravillas era lo que hacía ese hombre al frente del aula helada, en Filosofía y Letras. Con un ejemplar del Cid en la mano y una lanza invisible en la otra, montaba a caballo, defendía a su rey y enfrentaba a los infantes de Carrión en defensa de sus hijas, doña Elvira y doña Sol.

Sin embargo, no lo recuerdo en medio de alguna de aquellas célebres trifulcas al galope, sino quieto. En el preciso instante de no saber. Y de decirlo en voz alta. Ésa fue, creo, una de las últimas veces que escuché de boca de alguien eso que él dijo.

-No sé, niña.

No era que el profesor Orduna no supiera, no. Sabía demasiado. Pero tal vez mi pregunta no tenía respuesta, o tenía más de una. O, como él mismo dijo, la ignoraba.

En cualquiera de los casos, su gesto me pareció –me sigue pareciendo– de una nobleza infinita. Algo extraordinario, hoy, que todos pretendemos saber todo de todo y vamos por la vida jugándola de enterados. Rebalsamos de ideas, de respuestas precisas.

Somos nos, los sabedores. Los que nos reímos de Menem cuando habló de las “novelas de Borges” y los que volvimos a reír cuando la Presidenta erró al ubicar una laguna –la Picaza– cuya existencia ni siquiera sospechábamos hasta entonces. Somos eso: knowers a tiempo completo. Sabemos de fútbol, de accidentes aéreos, de mitos urbanos, de gripes porcinas y ovinas, de glaciares y revoques, de lo que nos pregunten. Y en caso de que una duda llegue a importunar, para eso está Google. Nunca el machete fue más enorme, ni más fácil de esconder. Allí, monitor adentro y hasta ordenadas por tema están las palabras salvadoras. Las fechas. Y hasta frases de apellido rimbombante que siempre queda tan bien espolvorear sobre un escrito, a modo de perejil ilustrado. Lo que sea, con tal de no caer en el silencio oprobioso u –horror de horrores– en el impronunciable “no sé”.

Hace algún tiempo, alguien me comentó que en el jardín de infantes al que va su hijo, cuando algún pequeño muerde, se subleva o aniquila el gusano de plastilina de un compañerito, no lo reprenden lo mandan “a pensar”. Lo dejan solo en una sala llena de bancos. Él y su circunstancia. Nunca vi una muestra más acabada de eso espantoso y vacío en lo que hemos transformado al asunto: un castigo silencioso, una pantomima cabizbaja. Sin embargo, algo hay de revelador en la escena de un chico que se sienta en una salita vacía, cierra el pico y pone cara de compungido. Pensar y hablar, inferirá el nene, pueden no ser procesos simultáneos. Pueden, de hecho, llevarse a las patadas. Puede que decir no signifique nada. Y hasta que las palabras oficien de distracción. A ver si todavía alguien advierte que detrás de ese torrente de sonido y de furia no hay nada. Nada de nada.

La página Frasescelebres.com habla de eso. La lista de libros más citados que leídos publicada por el periódico inglés The Guardian cuenta lo mismo. Somos un planeta de chamuyeros, un ejército de relojeadores de reseñas, de guitarreros todo terreno. Nada aterra tanto como la posibilidad de quedarse “fuera de tema”. De hacer algo parecido al silencio alto de mi profesor.

“No sabe, no sabe, tiene que aprender Orejas de burro le van a crecer”. Ése era, en mi infancia, el cantito con el que –a coro, a los gritos, justo antes de que la maestra pusiera un poco de orden– nos burlábamos del que no acertaba a responder una pregunta de la señorita. Puede que hayan sido tiempos crueles, sí. Pero al menos teníamos la opción del error y hasta del silencio. Ya no. Con el tiempo, todo se redujo a una versión Feliz Domingo de lo que fuere, sólo que en vez de capitales de Europa o Estado

Fuente: Crítica


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